domingo, 21 de abril de 2019

La mina

a la mina, a la mina, tiene que bajar a la mina.

la primera vez que mandé a uno, se resistió terriblemente. pataleó, gritó, mordió... pero al final bajó. escapó dos o tres veces, pero al final entendió la inutilidad de su gesto  y se resignó a quedarse en la oscuridad.

me quedé tan bien que decidí mandar más. el siguiente no costó tanto. con  cada intento aprendía y se me daba mejor. se resistían menos y aceptaban antes su sino.

aunque le llame la mina, es sólo un agujero negro del que es difícil escapar. pero allí no hay nada que extraer, ni siquiera nada que hacer. sólo pasar los días y cultivar úlceras. el único ansia permitido es que se olviden de uno para siempre.

me volví tan bueno mandándolos abajo, que al final me sonreían y me cantaban canciones, mientras el ascensor que los llevaba al averno se los engullía indefectiblemente. incluso algunos me saludaban con la mano mientras les veía desaparecer, con una sonrisa en mi cara.

pero lo que parecía una buena idea, resultó no serlo tanto. al mandarlos a la mina, me quedaba sin defensas, sin activos para afrontar la vida al sol. y llegó el día en que me sentí indefenso, sin entender por qué. el ajeno apareció de imprevisto, pero no traía ninguna mala intención. yo no sabía como permanecer en pie frente a él.

comprendí que sólo había una forma, y era bajar a la mina y traer de vuelta algunos de aquellos. quizá alguno tan podrido que moriría al instante ante la luz, algún otro que ya ni siquiera reconocería, de otro me daría cuenta que lo guardaba bajo tierra por costumbre, pero del que ya no había necesidad de mantener escondido. demasiados espectros a los que enfrentarse allí abajo, pero valía la pena. al fin y al cabo, lo único que se podía conseguir era la felicidad, porque la miseria de ocultar todo aquello ya me era de sobra conocida.

martes, 25 de diciembre de 2018

el acordeonista del metro

arrastra un carro de la compra, desvencijado y modificado con cinta americana para acomodar una suerte de amplificador. se cierran las puertas del vagón y tras poner en marcha un playback, empieza a tocar villancicos. tan adornados y cambiados que casi son irreconocibles entre tanta nota y floritura. el volumen del amplificador me aturde y me distrae de mi lectura así que me rindo y cierro el libro. antes de llegar anla siguiente parada, la base enlatada que le acompaña se detiene. contrariado, abre un bolsillo del carrito y desenchufa un vetusto reproductor de MP3. sacaun paquete de pilas de su bolsillo y reemplaza la que supuestamente se ha agotado. todo el vagón parece respirar con el eventual momento de silencio. vuelve a colocar la tapa y enchufa el aparato al cable. tras unos momentos en los que se pelea con los menús y los botones, desiste de sus intenciones. guarda el reproductor en el bolsillo del que había salido y empieza a tocar sin la ayuda artificial que traía. también callan los trinos y embellecimientos y una melodía delicada empieza a sonar. una pieza del repertorio clásico de acordeón llena el vagón. una expresión de hastío aparece en el rostro del músico. sabe que con los villancicos llena el vaso de las monedas y que lo que toca piensa que se pierde y le trae los recuerdos de todas las horas de estudio invertidas en el instrumento, y que sólo le han llevado a recorrer Madrid bajo tierra.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

diversidad de autobús

son las 2:30 y en el autobús todo mundo mira su teléfono. o casi. a mi lado creo que no se repite ninguna cultura: una italiana, un mexicano, un colombiano, un turco,...
nadie habla con otra persona de dentro autobús, aunque los teléfonos cambian palabras en muchas lenguas. algunos duermen y yo me beberé sus impuestos mañana.
qué extraño crisol, qué heterogéneo conglemorado se sienta en estas sillas azules. cuánta falta de amor y todo por no hablar.

viernes, 19 de octubre de 2018

la manzana en el andén

de un verde brillante, casi al final del andén y casi en el centro. así estaba la manzana. un poco magullada por la caída, seguramente de alguna mochila medio abierta, o de alguna bolsa de plástico muy llena. entera, no es basura, se podría comer. pero está en el suelo, nadie la recoge y nadie se la comerá. demasiado entera para que la echen a la papelera, pero ya ha tocado suelo, no se sabe de dónde viene, ya no es válida para la gente de bien. sólo dos destinos le son posibles: o la escoba del funcionario, o el hambre del mendigo. un acto trivial del destino se convierte en cruel por culpa de todos los ojos de que la miran. y yo paso al lado pero tampoco hago nada.

lunes, 8 de octubre de 2018

la caja del ratón

el pelo de colores y muchos pendientes. sujetaba una caja a media altura, como una ofrenda humilde a un dios menor. la caja tenía unos agujeritos y lleva impresa en sus lados un hámster, un hurón, un jerbo y un ratón. ella miraba por algún agujero de vez en cuando, quizá por preocupación, quizá por curiosidad, quizá por interés.
puede que un ratón no merezca una pena, pero de repente he pensado en esa imprenta, aquélla de donde salen cartones troquelados e impresos. una máquina enorme escupiendo las preformas de las cajas, cayendo y apilándose una a una en una montaña. y en cada una, un pequeño roedor hará un viaje desde una tienda, a una jaula donde pasará el resto de sus días. y entonces comprendo que un palé de cartón aúna los egoísmos de muchos, y resume la crueldad del ser humano.

viernes, 28 de septiembre de 2018

soledad

hay borrachos gritando en el vagón de al lado
dedos enviando mensajes
yo sólo intento leer a Bukowski

miércoles, 22 de agosto de 2018

parque muerte

tras una década de crisis y empobrecimiento general, el número de los sin recursos aumentaba exponencialmente al de los que engrosaban desmesuradamente sus beneficios. una pequeña élite, corrupta y perversa, controlaba la política, los medios y cualquier forma de poder. uno de los miembros de este grupo fue sentenciado con una condena irrevocable que ninguna influencia podía reludir. una enfermedad terminal fulminante e incurable. así pues, en su retorcida mente decidió que su pasatiempo en los cinco meses que le quedaban, sería asesinar a sangre fría a un inocente por semana. para ello, decidió invertir toda su fortuna (cien millones) en el siguiente plan para satisfacer su morboso deseo. donaría 40 millones a un parque temático prácticamente en ruinas para remodelarlo y reactivarlo. en ese parque, cada sábado y durante cinco meses, un adulto sería elegido al azar y moriría a manos de este despreciable ser. la familia recibiría dos millones en compensación por la muerte de su ser querido. una auténtica fortuna para los que no tenían casi nada. el resto del dinero iría a sobornos para que el gobierno aprobara la infame ley de "cesión de vida por compensación" y para que ningún medio hablara en contra de tan abyecto plan, incluso para que la mayoría de ellos intentara manipular a la población para que lo viera de forma favorable.
tras unos meses, todo salió como el magnate deseaba. el primer sábado que se convocó el "Sábado final" fue bastante exitoso. pero en cuanto apareció la "feliz familia" en los medios con la vida resuelta, hablando de lo valiente y generoso que había sido el gesto de la madre, la gente empezó a comprender que la probabilidad de "ganar" era mucho más alta que jugando a cualquier lotería del estado, con premios mucho más exiguos y compitiendo con todo un país participando. al fin y al cabo, el parque sólo tenía un aforo de 25.000 personas. así que los siguientes sábados la participación fue masiva. al principio hubo lista de espera, luego se pusieron las entradas a la venta de forma anticipada para todos los que quedaban y se agotaron en poco tiempo, lo que organizó todo un negocio de reventa de entradas.
finalmente el multimillonario murió, y se llevó veinte almas consigo a la tumba. sin embargo, lo más sorprendente fue lo que ocurrió después. la dirección del parque temático continúo con sus sábados de muerte. se dieron cuenta de que los que entraban ese día, despilfarraban el dinero como si no hubiera un mañana, porque efectivamente podía no haberlo. haciendo números, vieron que a diferencia de cualquier otro día de la semana, el gasto medio por persona era de unos 200, lo que les dejaba unos ingresos brutos de cinco millones, pudiendo asumir el pago de los dos millones y seguir obteniendo un beneficio enorme. 
hubo familias que se arruinaron por completo al repetir varias veces y no poder evitar el "frenesí del último día" que fue cómo se denominaba al impulso irrefrenable de vivir el último día gastando a espuertas. no sólo acudían familias, sino grupos de amigos que pactaban repartirse el dinero si le tocaba a alguno, gente que perdía una apuesta y debía ceder el premio a la ganador de la misma... montones de historias extrañas se sucedían como justificación para ir al parque muerte. en una cabina de la televisión nacional que se había instalado permanentemente, el público podía contar sus motivos y las historias se retransmitían los domingos por la mañana, alcanzando picos máximos de audiencia cuando el azar permitía que el muerto elegido hubiera dejado su historia en las grabadoras de la unidad móvil. los supervivientes, siempre contaban que habían disfrutado del día más intenso de su vida, ya que iban habiendo asumido su propia muerte y dispuestos a todo. y después de un día entero de dejarse ir y vivir como nunca lo habían hecho, el último subidón llegaba cuando el nombre que se anunciaba por megafonía no era el suyo.